La universidad ha perdido el rumbo. El mundo la necesita más que nunca, pero por razones nuevas y, para clarificar su papel tenemos que encontrar un nuevo vocabulario y un nuevo sentido de propósito.
La universidad se enfrenta a la supercomplejidad, en la que se ven continuamente desafiados nuestros marcos de comprensión, acción y autoidentidad. En un mundo así, la universidad tiene que asumir explícitamente un papel doble: en primer lugar, para contribuir a integrar a sus miembros en una supercomplejidad compuesta y hacer el mundo aún más desafiante: en segundo lugar, para permitirnos vivir con efectividad en este mundo caótico. A nivel interno, también tiene que convertirse en una organización nueva que trate de realizar ese papel doble, adaptándose para ello al principio de la incertidumbre, contribuyendo a generarlo, ayudándonos a vivir con él e incluso aprender a deleitarnos con nuestra propia incertidumbre.










